Y sí, así de irónico suena, pero así de real es.
Nicolás Petro, el hijo del presidente Gustavo Petro, aparece en la Lista Clinton de Estados Unidos. Vetado, bloqueado y observado por la OFAC, la oficina estadounidense que controla activos extranjeros. Esto significa que ya no puede pisar territorio estadounidense, ni mover dinero o bienes allá. Todo “por culpa de su papito”, como él mismo deja entrever cuando dice que lo metieron en esa lista “solo por ser hijo de Gustavo Petro”.
Pero no nos engañemos: esto no es un castigo familiar, ni un capricho del gobierno estadounidense. Esto es el reflejo de un gobierno que prometió cambio y transparencia, pero terminó envuelto en los mismos vicios de siempre: manejo del poder, clientelismo y decisiones cuestionables. El discurso del cambio se les volvió cuento, y el país se cansó de tanto teatro y tanto abuso.

Mientras el pueblo lucha para llegar a fin de mes, Nicolás Petro se defiende diciendo que su caso no tiene que ver ni con narcotráfico ni con campañas electorales. Que es injusto. Que lo persiguen. Pero aquí no hay excusas que valgan: cuando los nombres de la familia presidencial empiezan a aparecer en listas internacionales, los hechos pesan más que cualquier discurso. No es casualidad ni persecución: es consecuencia de la sombra que rodea al poder.
Y la verdad es incómoda: el apellido Petro pesa, duele y divide. Todo lo que toca se convierte en espectáculo político, y el país entero se vuelve juez y parte. Entre comunicados, conferencias y explicaciones oficiales, la percepción es clara: los Petro siguen creyendo que Colombia es su finca privada, que sus errores no tienen consecuencias y que la opinión pública es solo un público para su show.
Así que sí, por culpa de su papito, Nicolás ya no podrá ir a Disney World. Ni falta que hace, porque en este país, con el circo que tienen montado, el show ya está garantizado. Entre escándalos, listas internacionales y discursos vacíos, el espectáculo sigue. Y mientras tanto, el pueblo observa, indignado, esperando que algún día la justicia no sea solo un juego de poder, sino algo real y tangible.
Porque al final, la pregunta sigue siendo la misma: ¿hasta cuándo vamos a permitir que el poder se convierta en impunidad? ¿Hasta cuándo los Petro seguirán jugando con la política, mientras el país paga los platos rotos?
Nota por Nicolás Bernal
